• La Casa de las Gambas y del “Ajillo”

    A falta de pan, buenas son gambas. Esto fue lo que pensó el dueño del Abuelo en 1939 cuando la harina escaseaba en medio del final de una guerra civil. Se fue al mercado de la puerta de Toledo y compró varios kilos de gambas. A 35 pesetas el kilo, obtuvo muy buenas respuestas de sus clientes, así que decidió seguir comprando gambas. Sin saberlo estaba dando lugar a otra tradición de La Casa del Abuelo: la de que dos empleados una vez al mes fueran al mercado a pasar horas escogiendo las mejores gambas de Huelva y de Melilla. Normalmente elegían gamba roja, pero alguna vez

    compraban gamba blanca. En cualquier caso, todas eran generosas en su tamaño y realmente jugosas. Después las trasladaban ellos mismos hasta la calle Victoria en cajas por kilos y ayudados de unos carros de mano. Una vez allí las apilaban en una cámara congeladora llena de hielo picado también por ellos. Como lo hacían todo, decidieron que como no encontraban un buen proveedor de gambas peladas las pelarían ellos mismo. Tal vez esa sea también parte de su éxito. A la plancha o al ajillo, las gambas del Abuelo siguen enganchando a la gente como lo hacían hace ya más de 50 años.